María y el mar.



Desde niña brincaba de emoción cuando mis papás me contaban que en tres días nos íbamos a la playa. En ese entonces, vivía en una ciudad pequeña en la que el mar, era para mí como el patio de mi casa, sólo nos tomaba 3 cuartos de hora llegar hasta allá. Esos tres días contaban como meses, mientras tanto yo me conformaba con el valle de un río donde los atardeceres son de mandarina con fresa intensa. 

Mis lugares preferidos en aquella época, eran: El consultorio de mi abuelo, con su olor a suplementos alimenticios, sus muebles clásicos sesenteros del color de un par de ojos irlandeses y una enfermera alcahueta que me llenaba los bolsillos de vitamina C. La parte de la inyección era lo de menos si tenía la oportunidad de oír a través del estetoscopio de ese viejo testarudo y dulce. El segundo lugar preferido era el cuarto de mi hermana mayor sólo cuando tenía visita de sus amigas así me tocara hacer presencia desde el vidrio de arriba de la puerta.

Ahora, lejos de las delicias gastronómicas de mi mamá, a 30 grados menos de temperatura, en una ciudad en la que el sol sale cuando le da la gana y las estrellas se esconden para que aprendamos a valorarlas, mi lugar preferido de todos, el mar, es aún más cercano y lo puedo llevar a todos lados siempre y cuando lo lleve agarrados de la mano. Sin saber, estaba más cerca de lo que pensaba, rodeado por montañas indecisas que ni frío ni calor.  

El mar que ahora tanto me gusta visitar, tiene el pelo sucio, una voz dulce, la mirada sexy y una sonrisa dictadora. Sus brazos son las olas que me ahora me revuelcan en la arena como cuando era niña, sus pensamientos profundos son las estrellas de mar que siempre me quise encontrar y como todo mar, es peligroso.

Cuando nado en las aguas de su cama, poco a poco me va alejando de la orilla y empiezo a sentir como mis pies se despegan de la arena, luego una ola de sus babas me regresa, me lleva, me trae, hasta que al final me acuesto a descansar en la playa de su pecho. En este mar las margaritas no son de tequila con limón y sal, las margaritas son asesinadas para que dejen reposar su alma y su belleza en la frontera de mi oreja con el pelo.

Ya no me da nostalgia pensar en el paraíso al que siempre iba desde niña, ahora, los días que antes se hacían tres meses crueles, son la espera mas dulce, más inocente, más soñada, más atrevida; porque los días con él, cuentan como vacaciones en la playa. 

Querido Mar: Siempre te esperé con ancias locas, siempre querré volver a ti, esperar por ti. Siempre seré tuya, seré de mar y te sabré a mar.
© El Baño Rosado
Maira Gall