Te dejo mi dignidad en portería.


En mi larga experiencia con las despedidas, debo admitir que tengo estudios superiores en porterías. No sé por qué me gusta tanto este ritual, supongo que cualquier cosa es mejor que tener que verle la cara a ese marrano.

Primero, me toma un par de días planear estratégicamente el camino del calvario que emprendo hacia el lugar al que antes caminaba feliz, trato siempre de tomar un atajo diferente al de costumbre. Después de definir si me voy en bicicleta para hacerlo más rápido, o caminando para vivir completamente el duelo, me tomo al rededor de unos cinco días más para llenarme de valor. Una vez llena de valor, me aseguro que no haga falta ninguna de las pertenencias del muerto adentro de la bolsa, escojo mi mejor vestido y me dispongo a celebrar durante el recorrido, la dicha de no volver a ver nunca más a ese mal nacido.

No sé que sería de mi sin estos templos sagrados. No me imagino en medio de un reencuentro forzado, simplemente para entregar un par de camisetas y una pantalón de pijama viejo sin valor alguno. Lo cierto es que al despedirme de aquél portero buena onda para siempre, es cuando por fin empiezo a quitarme el luto, no antes.
© El Baño Rosado
Maira Gall