No necesito otro espejo.


Creo saber de qué está hecho mi cuerpo, que contiene mi sangre, de qué color es mi piel, como cambia el color de mis ojos con la luz del baño, la cocina, el ascensor; tengo claros mis 153 alegres centímetros de estatura y sólo yo conozco el tono natural de mi pelo. Sé todos estos detalles porque todo el día no hago otra cosa más que mirarme, mirarme más allá de tamaños y colores. Me miro, me miro y me miro. Estoy profundamente enamorada de lo que veo. Estaba.

Sé que me gusta el cine dramático, la palabra “Desayuno”, la moda incómoda, el café con leche, leer historias de amores absurdos, dormir, ir tarde a todos lados, el dorado, el cigarrillo después de comer, los años 20 hasta los 80,  Eva Green, tus ojos, la bandera de Francia, “The Beatles” y que llueva los domingos.

Me miro fijamente, como si tratara de auto enamorarme todo el tiempo,  me digo que estoy linda, que esa chaqueta de flores fluorescentes, se le ve bonita sólo a la Barbie Malibú y a mi.  Hago cara sexy, pucheros, saco tetas, paro el culo, me despeino, hago cara de gemela Olsen. Yo sé muy bien que como sea me veo bonita. 

Mido imaginariamente la medida de mi sonrisa en la intimidad de mi mente, cuando la luz esta apagada. Me obligo a darte la espalda, y pienso: como ha cambiado, como he cambiado, como has querido cambiarme.  En medio de ese silencio te odio, te quiero, te extraño, te desconozco, te deseo, te beso, me desquito, te entiendo, te tengo lástima, te olvido, y finalmente sueño.

Me levanto y necesito aliento, amor, un beso común y corriente de buenos días, un “Mi amor, te ves muy linda” así me vea horrible, una llamada al medio día, una copa de vino los viernes por la noche, una conversación sin ropa debajo de las sábanas, que me malcríes, un show de celos, una mirada a los ojos, un chiste, un flechazo, los viejos tiempos.

Mi vida, muchas gracias, pero no necesito otro espejo. 
© El Baño Rosado
Maira Gall