Me llamo María, y no hacía otra cosa más que mirarlo.

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Me llamo María, y no hacía otra cosa más que mirarlo. De los pies hasta la
punta de esas uñas redondas. Recorría con los ojos esas manos suaves como si las tocara. Fingía tener toda mi atención en las canciones y el vaso de whisky que me tomaba, y mientras tanto, no podía dejar de pensar que algún día, en medio de una hipnotizada de esas, podría estar ignorando que sería la última vez que pudiera verlo en primer plano.

Su voz, disponible en todos los idiomas, hasta en el mío, era miel para este par de oídos flojos. Cómo la extraño.

La señal estaba justo ahí y yo no la vi. Estábamos en una sala donde el ocupaba una silla y yo otra. Recuerdo que me moría de ganas por llamarme "Isabel", como la canción de fondo.




© El Baño Rosado
Maira Gall