Entre vainilla y chocolate.

Ilustración: Ali Arnold


Ya quisiera yo estar entre la espada y la pared, la decisión sería muy fácil: La pared .Estaría feliz en la heladería entre vainilla y chocolate, en lugar de estar aquí, atrapada en mi incoherencia del domingo, entre él y nadie, con una advertencia en la parte menos funcional de mi cuerpo , una señal de tránsito (de esas que en estos casos no existen) que dice “Curva peligrosa”. Ahí, despavorida, como si estuviera mirando desde el suelo la cima de un cerro imaginario. Con pocas ganas de escalarlo, pero con la desesperación de llegar y poder verlo todo desde arriba.

Salgo de la casa a liberarme, a oler las nubes y tratar de besar el cielo. En realidad, salí a extrañarlo en compañía de mis flores, cuando de repente, él se acerca por detrás, y mientras me seca las lágrimas, me llena de calma con sus palabras temblorosas. No hace frío, así que me quedé sin excusas para pedirle un abrazo. Cuando abrí los ojos estaba sola, el viento empezó a soplar, terminé mis quehaceres en el jardín, le robé la última gota al vaso de limonada y volví a la realidad, mi realidad, la que quiero para los dos.

Que se enfurezca el cielo, que tiemble la tierra pero que nunca deje de estar en dónde en realidad estaba cuando desperté, aquí en el calor de tus brazos, en medio de tus besos con sabor a vainilla y chocolate, entre la espada que lanza tu mirada y la pared del lado derecho de mi cama, más segura que nunca. En una casa que ni jardín tiene, en la ciudad más fría, pero contigo.
© El Baño Rosado
Maira Gall