- Mucho gusto, Emilia - El gusto es mío, El amor.



A Emilia la conocí mojada. Si, llevaba puesto un vestido de leopardo empapado en lágrimas que ella misma había derramado de la risa. Con un aliento a whiskey, por cortesía de papá Noel, me miraba y me decía sin la más mínima preocupación:
- Nos van a matar cuando lleguemos a la casa.

Algo tenían la navidad, los veranos y los viajes a la playa, que no eran lo mismo sin ella y sus uñas mordidas.

Digo que la conocí ese día porque a pesar de conocerla desde que era niña, verla ahí, sentada, un 25 de diciembre, justo a esa hora en la que el día está oficialmente dividido en dos, justo en ese momento, después de verla reír, llorar y enfurecer tantas veces, juré hacer todo lo posible por contar con su complicidad todos los días o por lo menos cada noche del viernes.

Si la describiera con detalles, creo que cualquier hombre caería rendido a sus pies debajo de su metro ochenta de estatura, le sobaría el pelo como le gusta, le recitaría poemas que a ella poco le importan y diría la misma frase que todos dicen en el instante en que la ven: “ Tu amiga, la flaca, me encanta.”

Amiga no es precisamente el título que ella tiene en mi lista de personas favoritas, creo que amigas, si las tengo, son pocas, considero a las “amigas” como una especie en vía de extinción, en cambio Emilia, es como un atardecer de muchísimos colores, imponente, divertida, simple y fácil de admirar, por eso nunca quise llamarla “amiga”, era muy poca cosa para ella.

No tuvo grandes amores, hasta que el verdadero un día tocó a su puerta y se la llevó.

Se la llevó a un lugar mejor, lejos de mí, pero mejor, lejos de nuestras hazañas, pero mejor, lejos de nuestros cigarrillos en pijama, pero mejor, se la llevó en el día y en la noche perfecta. Se la llevó lejos de mí, pero no me la quitó, aún la recuerdo cada vez que me subo en mis tacones. Fue como si tomara sus maletas y la ayudara a abordar un tren con destino a un país desconocido para ella dónde yo no tenía jurisdicción.

Olvide desearle unas felices vacaciones y hoy no sé dónde está, qué hace, como la tratan sus días, cual es su color preferido, qué quiere ser cuando grande, si necesita ayuda o consejos, no sé nada de ella ni ella sabe nada de mí, sólo espero que recuerde que alguna vez juramos amistad eterna y que para el día que regrese de su viaje con su vestido de leopardo bañado en lágrimas de tristeza o felicidad, yo la estaré esperando en la misma estación de tren con una botella de Whiskey y un letrero que diga: “Nos van a matar cuando lleguemos a la casa” .
© El Baño Rosado
Maira Gall